NO NOS JUSTIFICA CUALQUIER AMOR, por Albert Camus
“No puedo creer que haya que supeditarlo todo a la meta perseguida. Hay medios que no se justifican. Y me gustaría poder amar a mi país sin dejar de amar la justicia. No deseo para él cualquier tipo de grandeza, y menos todavía la de la sangre y la mentira. Quiero que la justicia viva con él y le dé vida. Si se me permite utilizar una frase que no es mía, amo demasiado a mi país para ser nacionalista. Jamás he creído en el poder de la verdad por sí misma. Pero ya es mucho que, a igual energía, la verdad triunfe sobre la mentira. Me atrevería a decir que luchamos precisamente por matices, pero por unos matices que tienen la importancia del propio hombre. Luchamos por ese matiz que separa el sacrificio de la mística; la energía, de la violencia; la fuerza, de la crueldad; por ese matiz aún más leve que separa lo falso de lo verdadero y al hombre que esperamos, de los cobardes dioses que ustedes soñarán. Por eso me avergonzaría hoy dar a entender que un escritor francés pueda ser enemigo de una nación. Sólo aborrezco a los verdugos.”
* * * * * *
Me decía usted: “La
grandeza de mi país no tiene precio. Cuanto contribuya a llevarla a
cabo es bueno. Y en un mundo en el que ya nada tiene sentido, quienes,
como nosotros, los jóvenes alemanes, tienen la fortuna de encontrarle
uno al destino de su nación, deben sacrificárselo todo”. Por aquel entonces contaba usted con mi cariño, pero en eso me distanciaba ya de usted.

ME GUSTARÍA AMAR A MI PAÍS SIN DEJAR DE AMAR LA JUSTICIA
“No”, le decía yo, “no
puedo creer que haya que supeditarlo todo a la meta perseguida. Hay
medios que no se justifican. Y me gustaría poder amar a mi país sin
dejar de amar la justicia. No deseo para él cualquier tipo de grandeza, y
menos todavía la de la sangre y la mentira. Quiero que la justicia viva
con él y le dé vida”. “Pues no ama usted a su país”, me contestó usted.
Hace
de eso cinco años, estamos separados desde entonces y puedo decir que
no ha pasado un solo día en estos largos años (¡tan breves y fulgurantes
para usted!) en que no me haya venido esta frase a la mente. “¡No ama usted a su país!”.
Cuando pienso hoy en esas palabras, se me hace un nudo en la garganta.
No, no lo amaba, si no amar es denunciar lo que no es justo en lo que
amamos, si no amar es exigir que el ser amado y la más hermosa imagen
que de él nos forjamos coincidan.
Hace de eso cinco años y muchos hombres pensaban como yo en Francia.
Algunos de ellos, sin embargo, se han encontrado ya ante los doce
ojillos negros del destino alemán. Y esos hombres, que según usted no
amaban a su país, han hecho más por él de lo que nunca hará usted por el
suyo, aunque le fuera posible dar cien veces la vida por él. Porque
antes han tenido que vencerse a sí mismos y en eso estriba su heroísmo.
Pero hablo aquí de dos tipos de grandeza y de una contradicción sobre la
cual le debo una explicación.
Nos
veremos pronto si es posible. Pero para entonces, se habrá roto nuestra
amistad. Estará usted acaparado por su derrota y no se avergonzará de
su antigua victoria, antes bien, la añorará con todas sus aniquiladas
fuerzas. Hoy, todavía estoy cerca de usted en el espíritu. Soy su
enemigo, cierto, pero sigo siendo un poco su amigo puesto que le hago
partícipe de lo que pienso. Mañana todo habrá acabado. Lo que su
victoria no haya podido mermar, lo consumará su derrota. Pero, al menos,
antes de que nos enfrentemos a la indiferencia, quiero aclararle lo que
ni la paz ni la guerra le han enseñado a conocer sobre el destino de mi
país.
LA GRANDEZA QUE NOS MUEVE, EL VALOR QUE APLAUDIMOS
Quiero
explicarle primero qué clase de grandeza nos mueve. O sea, cuál es el
valor que aplaudimos, que no es el suyo. Porque poca cosa es saber
correr al combate cuando lleva uno toda la vida ejercitándose para ello y
la carrera le es más consustancial que el pensamiento. Es mucho, por el
contrario, avanzar hacia la tortura y la muerte cuando se sabe a
ciencia cierta que el odio y la violencia son cosas vanas en sí.
Es
mucho combatir despreciando la guerra, aceptar el perderlo todo
conservando el amor a la felicidad, correr a la destrucción con la idea
de una civilización superior. En eso hacemos mucho más que ustedes
porque tenemos que superarnos. Ustedes no tienen nada que vencer ni en
su corazón ni en su inteligencia. Nosotros teníamos dos enemigos, y
triunfar por las armas no nos bastaba, como a ustedes, que no tenían
nada que dominar.

Nosotros
teníamos mucho que dominar y, tal vez, para empezar, esa perpetua
tentación que experimentamos de parecernos a ustedes. Porque siempre hay
algo en nosotros que se deja llevar por el instinto, el desprecio a la
inteligencia, el culto a la eficacia. Nuestras grandes virtudes terminan
por hastiarnos. Nos avergüenza la inteligencia y a veces imaginamos
alguna venturosa barbarie en la que la verdad surgiera sin esfuerzo.
Pero, en lo que a eso atañe, la curación es fácil: ahí están ustedes
para mostrarnos lo que ocurre con la imaginación, y nos enmendamos. Si
creyera en algún fatalismo de la historia, pensaría que están ustedes
junto a nosotros, ilotas de la inteligencia, para corregirnos. Renacemos
entonces al espíritu, nos acomodamos a él.
Pero
nos faltaba todavía vencer esa sospecha que nos infundía el heroísmo.
Ya sé que nos consideran ustedes ajenos al heroísmo. Pero se equivocan.
Sencillamente lo profesamos a la par que nos inspira recelo. Lo
profesamos porque diez siglos de historia nos han transmitido la ciencia
de cuanto es noble. Recelamos de él porque diez siglos de inteligencia
nos han enseñado el arte y las virtudes de la naturalidad.
Para presentarnos ante ustedes hemos tenido que salvar un abismo. Y de ahí nuestro retraso respecto a toda Europa,
que se precipitaba en la mentira en cuanto era menester, mientras
nosotros nos dedicábamos a buscar la verdad. Por eso hemos empezado por
la derrota, mientras ustedes se nos arrojaban encima, preocupados por
definir en nuestros corazones si nos asistía la razón.
HEMOS TENIDO QUE VENCER NUESTRO AMOR AL HOMBRE Y LA PASIÓN POR LA AMISTAD
Hemos
tenido que vencer nuestro amor al hombre, la imagen que nos forjábamos
de un destino pacífico, esa honda convicción de que ninguna victoria
compensa, en tanto que toda mutilación del hombre es irreversible. Nos
hemos visto obligados a renunciar a un tiempo a nuestra ciencia y a
nuestra esperanza, a las razones que teníamos de amar y al odio que nos
inspiraba toda guerra. Por decírselo con una frase que supongo
comprenderá, viniendo de mí, cuya mano le gustaba estrechar, hemos
tenido que acallar nuestra pasión por la amistad.
Ahora
ya está. Nos ha sido preciso un largo rodeo, llevamos mucho retraso. Es
el rodeo que el afán de verdad hace dar a la inteligencia, el afán de
amistad sincera. Es el rodeo que ha salvaguardado la justicia, que ha
puesto la verdad de parte de los que se interrogaban. Y, sin duda, lo
hemos pagado muy caro. Lo hemos pagado en humillaciones y silencios, en
amarguras, en cárceles, en madrugadas de ejecuciones, en abandonos, en
separaciones, en hambres diarias, en niños consumidos, y más que nada,
en penitencias forzosas. Pero era lo que correspondía.
Hemos
necesitado todo ese tiempo para saber si teníamos derecho a matar
hombres, si nos estaba permitido contribuir a la atroz miseria de este
mundo. Y ese tiempo perdido y recobrado, esa derrota aceptada y
superada, esos escrúpulos pagados con sangre, son los que nos autorizan,
a nosotros los franceses, a pensar hoy que habíamos entrado en esta
guerra con las manos puras -con la pureza de las víctimas y de los
convencidos- y que saldremos de ella con las manos puras, con la pureza,
en este caso, de una gran victoria ganada contra la injusticia y contra
nosotros mismos.
Porque
venceremos, eso a usted le consta. Pero venceremos gracias a esa misma
derrota, a ese largo tránsito que nos ha permitido dar con nuestras
razones, a ese sufrimiento cuya injusticia hemos padecido y cuya lección
hemos extraído. De él hemos aprendido el secreto de toda victoria y, si
no lo perdemos algún día, conoceremos la victoria definitiva.

Hemos
aprendido que, en contra de lo que a veces pensábamos, el espíritu nada
puede contra la espada, pero que el espíritu unido a la espada vencerá
eternamente a ésta utilizada por sí sola. Por eso la hemos aceptado
ahora, tras cerciorarnos de que el espíritu estaba con nosotros. Para
ello, nos hemos visto obligados a ver morir, a presenciar el paseo
matinal de un obrero francés caminando hacia la guillotina por los
pasillos de una cárcel y exhortando a sus compañeros, de puerta en
puerta, a mostrar su valor.
A IGUAL ENERGÍA, LA VERDAD SIEMPRE TRIUNFA SOBRE LA MENTIRA
Nos
hemos visto obligados, en fin, para hacer nuestro el espíritu, a
padecer la tortura de nuestra carne. Sólo se posee del todo lo que se ha
pagado. Hemos pagado muy caro y seguiremos pagando. Pero tenemos
nuestras certezas, nuestras razones, nuestra justicia: la derrota de
ustedes es inevitable.
Jamás
he creído en el poder de la verdad por sí misma. Pero ya es mucho que, a
igual energía, la verdad triunfe sobre la mentira. Ese difícil
equilibrio es lo que hemos logrado, y hoy les combatimos amparados en
ese matiz. Me atrevería a decir que luchamos precisamente por matices,
pero por unos matices que tienen la importancia del propio hombre.
Luchamos por ese matiz que separa el sacrificio de la mística; la
energía, de la violencia; la fuerza, de la crueldad; por ese matiz aún
más leve que separa lo falso de lo verdadero y al hombre que esperamos,
de los cobardes dioses que ustedes soñarán.
Eso
es lo que quería decirle, pero sin situarme al margen del conflicto,
entrando de lleno en él. Eso es lo que quería contestar a ese “no ama usted a su país” que continúa obsesionándome. Pero quiero hablarle muy claro. Creo que Francia ha
perdido su poder y su reino por mucho tiempo y que durante mucho tiempo
necesitará una paciencia deseperada, una tenaz rebeldía para recobrar
la parcela de prestigio que requiere toda cultura. Pero creo que todo
eso lo ha perdido por razones puras. Y por eso no renuncio a la
esperanza. Ese es todo el sentido de mi carta. El hombre a quien
compadecía usted, cinco años atrás, por mostrarse tan reticente respecto
a su país, es el mismo que quiere decirle hoy, a usted y a todos
nuestros coetáneos de Europa y del mundo:
“Pertenezco
a una nación que desde hace cuatro años ha comenzado un nuevo recorrido
de toda su historia y, entre los escombros, se dispone serena, segura, a
rehacer otra, a tentar la suerte en un juego para el que parte sin
triunfo alguno. Ese país merece que lo ame con el difícil y exigente
amor que es el mío. Y creo que ahora merece también que se luche por él,
ya que es digno de un amor superior. Y afirmo que, por el contrario, la
nación de usted no ha recibido de sus hijos sino el amor que merecía,
que era ciego. No nos justifica cualquier amor. Eso es lo que les pierde
a ustedes. Y si ya estaban vencidos en sus mayores victorias, ¿qué no
será con la derrota que se avecina?”.
* * *
ALBERT CAMUS, julio de 1943. Cartas a un amigo alemán,
primera carta. Tusquets Editores, 1995. (Publicado en FD, por primera
vez, el 29 de noviembre de 2006, a las 20:22). Filosofía Digital, 2007

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