Alberto Pinzón Sánchez /// Todo lo sólido se desvanece en el aire
Por Alberto Pinzón Sánchez
Todo lo que estamos
presenciando (objetiva y subjetivamente) a nivel mundial hoy marzo 2020, con la
llamada “crisis del coronavirus”, trasciende la esfera de lo puramente sanitario,
que ha quedado rebasada completamente por otras esferas sensiblemente interconectadas
de la actual vida humana en el planeta, tales como lo económico social, lo político
ideológico, lo étnico cultural, lo ecológico, lo ético moral, y hasta lo religioso
de quienes plantean un final apocalíptico del mundo y la civilización humana.
¿Estamos entonces en
una coyuntura critica de características universales que por sus imbricaciones y
amplias interconexiones sistémicas configuran una amplia crisis de la civilización
humana actual?
Parte de la respuesta
a este tremendo e inquietante interrogante está contenido en aquel tremendo
párrafo-profecía del Manifiesto Comunista, donde los maestros Marx y Engels (1848)
al describir el imparable y revolucionario desarrollo que produce el
capitalismo en las Fuerzas Productivas de la sociedad y en las correspondientes
Relaciones de Producción y que lo llevaron compulsivamente en su globalización hasta
las regiones más insospechadas del planeta, también en su dinámica entrópica,
lo han precipitado “a esfumar en el aire todo lo sólido que antes existía como
fundamento de la sociedad” :
..”La burguesía no
puede existir sin constantemente revolucionar los instrumentos de producción y
por lo tanto las relaciones con la producción, y con esto, todas las relaciones
de la sociedad. La conservación de los viejos modelos de producción de manera
inalterada era, por el contrario, la primer condición de existencia para todas
las clases industriales previas. La constante revolución de la producción, la
ininterrumpida perturbación de todas las condiciones sociales y una perpetua
incertidumbre y agitación distingue a la burguesía de todas las épocas
anteriores. Todas las relaciones fijas, congeladas, con su antiguo tren de
opiniones y prejuicios, se ven esfumadas y todas las nuevas que se forman se
vuelven anticuadas antes de que se puedan osificar. Todo lo sólido se
desvanece en el aire, todo lo sagrado se profana, y finalmente el hombre se
ve obligado a enfrentar serenamente sus condiciones de existencia y sus
relaciones recíprocas. La necesidad de un mercado que constantemente se esté
expandiendo para sus productos lleva a la burguesía a extenderse por toda la
superficie del planeta. Debe anidar en todas, partes, establecerse en todas
partes, hacer conexiones en todas partes”
Esta crisis está cumpliendo (como cualquiera
otra) con su función dialéctica de sacar a flote y poner crudamente al descubierto
las principales contradicciones que se venían gestando como parte de un muy
complejo y desigual desarrollo histórico concreto en unas circunstancias determinadas,
cuya dinámica entrópica (dialéctica capitalista construcción-destrucción) viene
de muy atrás y se puede remontar a la crisis capitalista iniciada en 1970: Hoy,
a causa de la pandemia del corona virus caen los mercados bursátiles y de
valores en todo el mundo; se paraliza la producción general y cae el consumo en
especial de los llamados servicios y se anuncian hiperinflaciones monetarias y probable
recesión económica global. Se cierran hoteles, restaurantes, discotecas,
burdeles, espectáculos y demás “economía servicial”; se cancelan vuelos y
viajes aéreos (altamente contaminantes por el consumo de combustible especial) y
toda aquella burbuja económica embellecida del turismo de masas, de vacaciones
soleadas del norte enriquecido hacia el cliché idílico de un sur de playas
blancas, palmeras y bailarinas, no va más, produciendo colapso en los países-balnearios
cuya única industria en el turismo o “industria sin chimeneas”.
Se encierra obligatoriamente
la vida en las principales ciudades del mundo y prácticamente se reduce a su mínima
expresión el trasporte terrestre en regiones países y entre Estados, alterando
el consumo de gasolina que debe almacenarse produciendo una caída en la demanda
y afectando el precio del petróleo, alterado de antemano por la guerra de los
precios entre los países productores en competencia.
En paralelo se
resquebrajan los discursos políticos y se incrementa el descrédito de los
gobernantes que deben recurrir a la demagogia de las soluciones providenciales,
“decretando” incómodas medidas extraordinarias y, Estados antes acreditados
como ricos, desarrollados y avanzados dejan de serlo súbitamente al mostrar su ruina
sanitaria. La conciencia social generalizada de asombro, pánico, desamparo e
impotencia, incertidumbre, controversia, desestabilización, sufrimiento,
muerte, caos y repliegue social que va dejando el coronavirus en su avance, muestra
la subjetividad global sobre lo que se está viviendo.
Los “ciudadanos globales”,
al ocaso del día, después de una fatigosa jornada de trabajo, sentados frente
al televisor satelital han visto impotentes y encogidos las toxicas imágenes cotidianas
de los pavorosos incendios de inmensas extensiones de bosques tropicales y
selvas en la Amazonia del Brasil deforestado, en Australia, en África, en Indonesia
o en Borneo. Inundciones, riadas y avalanchas que sepultan ciudades enteras. Han
visto el deshielo del gigantesco casquete polar de Groenlandia, complementado con
los cañonazos del deshielo polar austral. También las imágenes de un sufrimiento
bíblico de sequía y el hambre en vastas regiones del planeta, y vinieron plagas
inverosímiles de langostas caídas sobre miserables pobladores de los yermos
territorios del llamado cuerno africano. Muchos de los “telespectadores
globales” pudieron comparar su cómodo sillón de televisión con la
miseria extendida y el deterioro generalizado de las condiciones de vida que
los noticieros de la mass media global dominante le presentaron sobre los millones
de personas sobreviviendo infrahumanamente en muladares suburbanos de las más
grandes e inimaginables aglomeraciones urbanas, verdaderos hormigueros humanos o
megaciudades globales, de aire mefítico e irrespirable jamás imaginadas por ser
humano alguno, carentes de los más elementales servicios básicos para la vida
como agua potable, alcantarillado, higiene, servicios sanitarios, o incluso, una dieta básica y elemental.
Acaso, después de semejante intoxicación mediática,
¿pudo alguien sustraerse de las “objetivas” y eruditas discusiones sutilmente
inducidas por los maltusianos imperialistas acerca de la superpoblación humana
que a la fecha ha llegado a la inimaginable cantidad de 8.000 millones (repito:
ocho mil millones) de personas “que debe ser equilibrada”? No hubo muchas personas en el mundo que
dejaran de presenciar las dramáticas y desapacibles escenas sobre el continuo, imparable
e irreversible deterioro de importantes y vitales ecosistemas tanto en la
tierra firme como en el mar del plástico, la descomposición y destrucción de la
atmósfera terrestres, la catástrofe climática y ecológica tan anunciada como
poco combatida que la “globalización neoliberal” fue imponiendo lenta y
seguramente en el planeta.
Tampoco las hubo que
no fueran informadas de las guerras comerciales de competencia entre los países
más altamente desarrollados. Las guerras de saqueo y reparto territorial entre
las grandes potencias capitalistas en disputa por recursos naturales, por el petróleo,
el litio, el coltán, el oro, las tierras exóticas, ect, y claro, el más valioso
recurso de todos, la fuerza de trabajo que se aumentó con las
migraciones masivas, esclavizaciones y tráfico a gran escala de trabajadores
esclavizados para sostener el precio de esta esencial mercancía del capitalismo
con un gigantesco y millonario ejército de reserva.
Una pregunta nos
ayudaría a comprender mejor todo este entramado tan grande como complejo:
¿Dónde se originó esta
forma elemental de vida llamada virus corona? Países objeto de “guerras hibridas” como China
e Irán, acusan al Pentágono de EEUU de haberlo fabricado en sus laboratorios de
guerra biológica y haberlo llevado al continente asiático, pidiendo a su vez la
destrucción de tales laboratorios secretos. El gobierno de EEUU replica
acusando a su adversario, incluso por boca de su actual presidente Trump quien habla
del “virus chino”. Sin embargo, los hechos científicos actuales muestran algo
que va más allá de la simple propaganda de guerra:
Que, sumados todos los
anteriores factores mencionados, en especial el irracional trato dado a la
naturaleza y sobre todo a los animales; considerados por la egoísmo, el lucro
insaciable y la avaricia como objetos de enriquecimiento ilimitado, cuando no de
la gula que demanda la producción en cadena (en fábricas asquerosas y
antihigiénicas) de pollos engordados con hormonas e inoculados con antibióticos,
cerdos carnívoros alimentados con detritus podridos de los mataderos de reses,
y además engullir como moda de consumo exótico animales “ raros y costosos”,
como alacranes, murciélagos, culebras, aletas de tiburón o cuernos de
rinoceronte; han contribuido a gestar el aparecimiento del coronavirus. Su acelerada
y vertiginosa diseminación y propagación, corrieron por cuenta de la
conectividad y el flujo global diario e incontenible de millones de personas mediante
la plataforma tecnológica de las comunicaciones aéreas y el turismo masivo que
hoy se pretenden impedir con vedas y cuarentenas.
El reconocido
salubrista y profesor Catalán Joan Benach, en un interesante artículo titulado
“el relato oficial oculta la crisis sistémica,” escribe lo siguiente: “Parece
probable que el virus del Síndrome Respiratorio Agudo (SARS) CoV-2, de gran
contagiosidad entre humanos, haya llegado al mundo para quedarse, y que
permanezca entre los virus que habitualmente afectan a la humanidad como
ocurrió con la gripe A. No hay olvidar que la causa del actual brote epidémico (y
de otros previos como el SARS-CoV en 2002, la gripe aviar (H5N1) en 2003, la
gripe porcina (H1N1) en 2009, el MERS-CoV en 2012, el ébola en 2013 o el Zyka
(ZIKV) en 2015), radica, en gran medida en la compleja transmisión a través de
animales relacionada con el desarrollo de una agricultura y avicultura
intensivas y de un creciente mercado y consumo de animales salvajes y exóticos.
A ello se une la capacidad actual de extensión de epidemias debido a la falta
de higiene y recursos adecuados invertidos en salud pública, la densidad
urbana, y la globalización turística, entre otros factores.
La globalización
(neoliberal) ha transformado la relación entre humanos y virus, donde lo local
es global y lo global es local. Y muchos países no tienen sistemas de salud
pública efectivos para hacer frente a los retos que se plantean, ni existe
tampoco un sistema de salud. El COVID-19 es un detonador complejo de la crisis
sistémica del capitalismo, en la que todos los factores anteriores están
fuertemente interconectados, sin que se puedan separar entre sí. Todo parece
indicar que esta epidemia puede representar una ocasión ideal para justificar
la crisis económica capitalista que parece estar acercándose. El miedo produce
una brusca caída de la demanda, que baja el precio del petróleo, lo que
revierte en la emergencia de una crisis anunciada hasta este momento. Muy probablemente
el coronavirus no es el único responsable de las caídas en las bolsas, como se
dice, ni de una economía capitalista desacelerada, con las ganancias de las
corporaciones y la inversión industrial estancadas, sino que es la chispa de
una crisis económica pospuesta donde la mala salud de la economía es muy
anterior a la epidemia.
Como han señalado
diversos economistas críticos, como Alejandro Nadal, Eric Toussaint o Michael
Roberts, aunque los mercados bursátiles son imprevisibles, todos los factores
de una nueva crisis financiera están presentes desde al menos 2017. El
coronavirus sería tan solo la chispa de una explosión financiera pero no su
principal causa. Además, no debe menospreciarse el papel de los gigantes
accionistas (fondos de inversión como BlackRock y Vanguard, grandes bancos,
empresas industriales, y mega millonarios) en la desestabilización bursátil
vivida en las últimas semanas. Estos agentes recogerían así los beneficios de
los últimos años y evitarían pérdidas, invirtiendo en los más seguros, aunque
menos rentables títulos de deuda pública y exigiendo a los gobiernos que una vez
más echen mano de los recursos públicos para paliar pérdidas económicas.
La propaganda de
los grandes grupos económicos y mediáticos oculta la realidad e impide
comprender adecuadamente lo que está ocurriendo. Transformar la compleja
estructura social de un tren sin frenos, como el capitalismo, requiere imaginar
una sociedad distinta y realizar un cambio radical con políticas globales
sistémicas en ecología, economía y salud, que diseñen y experimenten formas
alternativas de vida en un modelo productivo y de consumo más justo,
homeostático, simple y saludable. Un primer paso necesario es no engañarnos con
las informaciones incompletas, emocionales o tóxicas del relato mediático
hegemónico del coronavirus y tratar de comprender la crisis sistémica que oculta.” https://ctxt.es/es/20200302/ Politica/31295/coronavirus- epidemia-crisis-capitalismo- recesion-joan-benach.htm
Hay versiones “multidisciplinarias” que complementan
al profesor Benach, sosteniendo razonablemente que el coronavirus es el
resultado de la descomposición de ecosistemas, de una lamentable relación
capitalista del humano con la naturaleza, que dejó de considerarse parte de esa misma naturaleza; de la serie de infinitos
daños grandes y pequeños que el afán de lucro, del afán de dominio sobre la
naturaleza considerada inagotable (según el paradigma de la noción de “progreso
moderno”) fue infringiendo a la naturaleza, hasta que esta finalmente dejó ver sus
límites ante un asombrado ser humano, que no logra entender o siquiera descifrar
lo que la naturaleza le está exponiendo así de manera directa, descarada o si
se quiere brutal.
La historia de la
humanidad ha mostrado el colapso de muchas y variadas civilizaciones. En Nuestramerica
el ejemplo paradigmático podría ser la civilización Maya original, cuyo colapso
aún no ha sido aclarado totalmente por los científicos. ¿clima, catástrofes naturales,
hambre, guerras, pandemias, ect...? Lo
que interesa resaltar es que todos esos colapsos civilizatorios anteriores tuvieron
un alcance geográfico o territorial limitado, para comparar estos con la actual
coyuntura sistémica ampliamente interconectada a nivel global por la que está
atravesando el sistema-mundo construido y poder decir que, si bien estamos en
una crisis de larga incubación, sistémica y global de alcances civilizatorios, NO
presupone el fin de la humanidad como pregonan los pelechadores religiosos de la
profecía del Apocalipsis.
Indudablemente el
sistema-mundo que salga después de la pandemia del coronavirus, no será el
mismo. Muchas cosas sólidas (como lo profetizaron Marx y Engels en 1848) se “esfumarán
en el aire”, se barrerán gobiernos, instituciones e incluso Estados situados a
la derecha o a la izquierda del catálogo del buen decir de los monopolios mediáticos
dominantes. Quizás los gobernantes de la potencias Imperialistas que aspiran a
salir indemnes de todo esto, recapaciten y desactiven las más apremiantes y amenazantes
crisis que están en el fondo de toda esta dinámica y que se han dejado avanzar de
manera caótica. A la deriva: La crisis ecológica, el calentamiento global, la
sustitución energética y tecnológica, el hambre y la miseria de millones, las
migraciones masivas, el tráfico de fuerza de trabajo esclavo, la xenofobia y el
racismo, la demografía caótica y densificación urbana, las guerras
imperialistas de saqueo por recursos naturales y humanos. El Estado neoliberal moderno
y la Democracia electorera de representación. El neocolonialismo y la
dependencia al Imperialismo….
Quizás, aunque lo más probables sea que los gobernantes
no lo hagan, sino que sean las propias masas de ciudadanos globales quienes movilizados
masivamente y muy conscientes como lo están haciendo ejemplarmente los trabajadores
y ciudadanos chilenos, enfrentados al Fascismo neoliberal de Pinochet con
el que se inició en 1970 la crisis sistémica presente, presionen y obliguen dichos
cambios, y mediante los esperados avances y retrocesos de cualquier lucha de
masas, logren imponer un nuevo orden mundial, ni siquiera alternativo sino
nuevo, con una nueva forma de vida más humana, más social y colectiva,
comunitaria y sustentable; menos alienada y enajenada y, de sociedad acorde con
la naturaleza y con sus vecinos. Esto es posible.
¡La propuesta de Marx
y Engels hecha en 1848, sigue hoy estando en pie y al orden del día!
Fuente imagen
Internet.
--
Agencia Bolivariana de Prensa-ABP-

Comentarios
Publicar un comentario