1868. LOS BARONES LADRONES. [Union Pacific, Standard Oil (ExxonMobil, Chevron), Carnegie Steel (US Steel)]
Olivier Petitjean e Ivan du Roy • 2 de julio a las 7:57 p. m.
El término "barones ladrones" describe a magnates industriales del siglo XIX, como John D. Rockefeller, Andrew Carnegie y Jay Gould, quienes acumularon enormes fortunas a través de prácticas consideradas fraudulentas o ilegítimas, incluyendo monopolios, manipulaciones bursátiles y represión violenta de sindicatos. A pesar de su reputación de explotadores, muchos de ellos también se convirtieron en referentes filantrópicos, legando sus nombres a instituciones públicas. Su legado refleja un capitalismo despiadado, pero también una visión de la riqueza como motor de la prosperidad nacional.
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Fragmento del libro Corporaciones multinacionales: una historia del mundo contemporáneo de Olivier Petitjean e Ivan du Roy.
1868
LOS BARONES LADRONES
[Union Pacific, Standard Oil (ExxonMobil, Chevron), Carnegie Steel (US Steel)]
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En esta segunda mitad del siglo XIX, el despegue industrial y el desarrollo de los mercados financieros dan origen a fortunas colosales que no pueden menos que impactar las imaginaciones. Y esto, particularmente en Estados Unidos, una nación en parte construida sobre el mito de una república de pequeños campesinos independientes, que rechazaba las jerarquías del viejo mundo. Es en este contexto donde surge el tema de los «barones ladrones», robber barons en inglés. El término evoca la idea de un enriquecimiento rápido, conseguido por medios ilegítimos o abiertamente ilegales, como el fraude, la corrupción o el monopolio. Evidentemente, no existe una lista oficial de estos «barones ladrones», pero algunos nombres son ineludibles. Es el caso de John D. Rockefeller, el fundador de la Standard Oil, que se crea un cuasimonopolio sobre el refinado y el transporte del petróleo comprando a sus competidores u organizando su quiebra [1872]. Andrew Carnegie es otro ejemplo: empleado de telégrafo en su adolescencia, escala puestos dentro del Pennsylvania Railroad, luego se convierte en corredor de bonos ferroviarios en Wall Street antes de consagrar la fortuna así adquirida a la edificación de un imperio del acero. Si la mayoría de los barones ladrones deben su fortuna al ferrocarril, al transporte en barco, a las finanzas o al acero (y a menudo a una combinación de estos elementos), el término también se ha empleado en otros sectores, especialmente en el del tabaco, a propósito de la creación de la American Tobacco Company por James B. Duke. Si bien la mayoría de ellos actúan en el noreste del país, también existen robber barons en California, como Leland Stanford o Charles Crocker, que se enriquecen gracias a los ferrocarriles de la costa oeste.
Cornelius Vanderbilt y Jay Gould figuran entre los personajes de esta época cuya reputación es la más sulfurosa. Vanderbilt construye su fortuna primero sobre el transporte en barco haciéndose pagar por un monopolio establecido para no hacerle competencia, y luego edificando su propio monopolio. Con el dinero amasado durante la guerra de Secesión, en el transcurso de la cual se le acusa de vender a precio de oro a la Unión navíos inservibles, compra después numerosas compañías de ferrocarriles, a través de la Bolsa o deshaciéndose de sus competidores. En cuanto a Gould, se hace célebre en 1869 al orquestar con su compinche James Fisk una manipulación bursátil sobre el oro que desemboca en un pánico financiero. Unos años más tarde, toma el control de la Union Pacific, que controla la línea de ferrocarril transcontinental recién inaugurada, y se dedica a eliminar metódicamente la competencia del transporte en barco y de las compañías más pequeñas para imponer tarifas exorbitantes. Los dos hombres se enfrentan en 1868 por el control de la Erie Railroad Company. Mientras Vanderbilt busca tomar discretamente el control de la empresa, Gould conspira con Daniel Drew y John Fisk para sacarle varios millones de dólares vendiéndole acciones a un precio sobrevalorado. El fraude es legalizado a posteriori por las autoridades del Estado de Nueva York, «compradas» por Jay Gould.
Los barones ladrones también tienen en común el librar una lucha sin cuartel contra los sindicatos, en una época en la que las huelgas son a menudo reprimidas a sangre. En 1886, la gran huelga de los ferrocarriles del Suroeste fracasa frente a Jay Gould, tras una serie de violencias que causan varios muertos. El hombre de negocios se jacta entonces de «poder comprar a una mitad de la clase obrera para matar a la otra». En 1892, los trabajadores de Carnegie Steel en Homestead, en huelga contra una rebaja unilateral de sus salarios, se enfrentan en batalla campal con agentes de seguridad privada, antes de ceder ante la represión [1892]. Todavía en 1913, John D. Rockefeller es acusado de haber orquestado la masacre de Ludlow, donde veintiún trabajadores, sus mujeres y sus hijos caen bajo los golpes de la guardia nacional y de agentes de seguridad contratados para romper una serie de huelgas que enfrentan a los mineros con la Colorado Fuel and Iron (CF&I), propiedad del multimillonario.
Por último, los barones ladrones son también los precursores de una legitimación de las grandes fortunas mediante la filantropía que será teorizada por Andrew Carnegie en su libro The Gospel of Wealth («El Evangelio de la riqueza»). Muchos de ellos dieron su nombre a universidades, museos, hospitales y otros equipamientos públicos en Estados Unidos, asegurándose así su posteridad.
El término «barón ladrón», que convoca una imaginería casi medieval para denunciar los males económicos ligados al auge de las grandes empresas industriales, es la encarnación de un capitalismo de Far West, brutal y sin escrúpulos. Al mismo tiempo, y desde el principio, esta imagen negativa se ve a veces atenuada por la idea de que los métodos brutales y la fortuna excesiva de estos caballeros de la industria eran quizás una condición necesaria para construir las infraestructuras que aseguraron la prosperidad de Estados Unidos. Un argumento que se reencontrará, casi sin cambios, ciento cincuenta años más tarde, cuando los dirigentes-fundadores de los gigantes digitales como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Elon Musk den una nueva juventud a la leyenda de los robber barons.

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