El terrorismo de Estado como última carta geopolítica de Kiev


 – Por Tadeo Casteglione*

“Cuando el barco se hunde, hasta las ratas aprenden a nadar… o intentan prender fuego el agua”.

En la jerga política tradicional, esto no es más que la constatación empírica de una verdad incómoda, cuando un régimen o un proyecto de dominación agota sus capacidades en el terreno de juego real, la desesperación toma el control y sustituye la estrategia militar por el puro y duro estrago táctico.

Durante los últimos meses, el panorama global ha asistido a una escalada sistemática y profundamente alarmante de ataques con drones y armamento de precisión dirigidos contra la infraestructura civil y la población inerme de la Federación de Rusia.

Cientos de vectores aéreos no tripulados disparados a diario, el cobarde atentado contra un autobús de pasajeros en Bélgorod que se cobró la vida de al menos cinco civiles, los ataques con drones kamikaze contra instalaciones logísticas de almacenamiento civil como los depósitos de Wildberries, las embestidas descontroladas contra refinerías petroleras y el hostigamiento a buques mercantes en las aguas del mar Negro ya no son incidentes aislados ni excesos del frente militar.

Sin embargo, quedarse únicamente en la descripción del horror sería cometer un error analítico garrafal. Estos episodios brutales son el síntoma, no la enfermedad. Constituyen la manifestación física de un régimen atrincherado en Kiev que, consciente de su colapso operativo en la línea de contacto y del fracaso rotundo de su narrativa estratégica, recurre al terrorismo como método de presión política.

El síntoma del colapso

Para comprender el recrudecimiento de la violencia contra objetivos no militares dentro de la geografía rusa, es imprescindible revisar el estado del arte en el teatro de operaciones. El régimen de Kiev y la cúpula de la OTAN se han topado de frente contra un muro insuperable: la absoluta superioridad defensiva, logística e industrial de la Federación de Rusia.

En la medida en que las fuerzas armadas rusas avanzan de forma metódica en los frentes estratégicos de Donbás y destruyen la capacidad combativa remanente de las Fuerzas Armadas de Ucrania (FAU), el alto mando militar de Kiev —asesorado estrechamente por estructuras de inteligencia británicas y estadounidenses— ha mutado su lógica operacional.

Al no poder sostener un combate de desgaste convencional ni lograr romper las líneas de contención rusas, la doctrina occidental viró hacia la desestabilización psicológica y el sabotaje de la retaguardia civil.

El ataque en la región de Bélgorod contra un vehículo de transporte público no responde a ningún objetivo táctico de valor militar. Lo mismo ocurre con el fuego dirigido contra centros de distribución logística privada como Wildberries o la incursión constante contra buques petroleros en el mar Negro. Estas acciones se enmarcan en lo que la doctrina militar rusa denomina «terrorismo de distracción y chantaje social».

Como ha señalado en repetidas ocasiones la Cancillería de la Federación de Rusia a través de sus voceros oficiales y diplomáticos, la estrategia del régimen ucraniano busca provocar una fractura en la moral interna de la sociedad rusa e invocar un escenario de zozobra económica global.

Pero todo este cálculo ha resultado en un fiasco socio-político: lejos de infundir pánico o fisurar el tejido social ruso, los ataques han consolidado la cohesión ciudadana y han reafirmado la determinación del Kremlin de alcanzar los objetivos trazados en la Operación Militar Especial hasta sus últimas consecuencias jurídicas y territoriales.

La ilusión de Trump y la victoria aplastante del Deep State

Para entender la Coyuntura Internacional actual, es vital desmantelar una de las grandes ilusiones ópticas de la política contemporánea, el mito del «aislacionismo» de Donald Trump.

Durante meses, analistas de salón y medios corporativos de comunicación vendieron la narrativa de que el retorno o la consolidación del liderazgo de Trump en la escena política de Washington significaría el fin automático del financiamiento militar a Kiev y una especie de retirada atlántica del frente oriental europeo. Nada más alejado de la dura praxis del poder en la Casa Blanca.

El denominado «Estado Profundo» (Deep State) estadounidense —esa intrincada red conformada por el complejo militar-industrial, las agencias de inteligencia centralizadas (CIA, DIA), el Pentágono y los think tanks financistas de la Quinta Avenida— le ha ganado la pulseada teórica y práctica a las aspiraciones individuales de la presidencia estadounidense (si es que realmente las tuvo).

Trump, caracterizado por su perfil pragmático, impredecible y profundamente personalista, fue velozmente absorbido y moldeado por los engranajes institucionales que sostienen la hegemonía geoeconómica del dólar y el atlantismo bélico.

Washington descubrió tempranamente que no puede permitirse una derrota explícita de su marioneta ucraniana sin desencadenar una crisis de legitimidad global similar o peor a la estampida de Kabul en 2021.

Por consiguiente, el establishment norteamericano reconfiguró su estrategia: ante la imposibilidad de una «victoria militar» convencional sobre Moscú, se adoptó la doctrina del desgaste híbrido indefinido.

Es decir, permitir que Kiev utilice tácticas asimétricas de terrorismo, proporcionándole para ello información satelital en tiempo real, inteligencia de señales (SIGINT), geolocalización de precisión y suministro de vectores aéreos y marítimos no tripulados de última generación.

Estados Unidos no ha retrocedido ni un paso como el principal oponente geopolítico de Rusia; al contrario, se ha recompuesto bajo una fachada renovada, utilizando la desesperación de Kiev como una cortina de humo para continuar su guerra indirecta (proxy war) sin asumir formalmente el costo de una confrontación nuclear directa.

La lectura desde Moscú: Doctrina de disuasión, vanguardia militar y respuesta inexorable

Desde el prisma de los analistas militares, generales de las Fuerzas Armadas rusas y centros de pensamiento de primer nivel en Moscú, la lectura de este incremento en el terrorismo de Kiev es tajante y carece de matices románticos.

Como se ha debatido ampliamente en espacios de reflexión estratégica de alcance internacional como el Club de Debates Valdái, Rusia entiende que el orden unipolar anglosajón se encuentra sumergido en un proceso acelerado de descomposición sistémica.

Frente a esta erosión de la hegemonía occidental, las acciones de violencia indiscriminada no son más que la prueba palmaria de que la OTAN ha agotado sus herramientas diplomáticas y militares de contención.

Analistas militares rusos de alto rango e historiadores de la geopolítica eurasiática han destacado de forma recurrente tres aspectos fundamentales de la postura de Rusia ante esta fase del conflicto:

En primer lugar se menciona la vanguardia en defensa y disuasión, en donde las declaraciones del Alto Mando Ruso y las evaluaciones periódicas realizadas sobre el estado de las Fuerzas Armadas demuestran que Rusia se sitúa en la vanguardia tecnológica y militar en materia de disuasión estratégica. La constante modernización de los sistemas de defensa aérea (como las redes integradas S-400, S-500 y los complejos de guerra electrónica de última generación) ha permitido interceptar la aplastante mayoría de los cientos de drones lanzados diariamente por el régimen de Kiev. Los ataques que logran filtrarse no responden a una brecha estructural en la defensa rusa, sino a la naturaleza inherentemente asimétrica y saturadora del empleo masivo de micro-vectores contra objetivos estrictamente civiles carecientes de valor defensivo militar.

Todo esto lleva al segundo punto en donde lo que se clasifica como “cero concesiones ante la coerción” en lo cual desde el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia se ha dejado claro que ningún intento de sabotaje a la infraestructura civil o comercial alterará las condiciones mínimas exigidas para una arquitectura de seguridad real en Europa. Moscú no aceptará «paces congeladas» ni treguas tácticas diseñadas para rearmar al régimen ucraniano bajo el tutelaje de fuerzas de paz occidentales. Cada ataque contra la población inerme de Bélgorod, Kursk o cualquier otra región rusa acelera la necesidad operativa de ampliar las zonas de amortiguación estratégica (buffer zones) dentro del territorio ucraniano para alejar de manera definitiva la artillería y los lanzadores de drones de las fronteras soberanas rusas.

Y por ultimo el inevitable cambio de paradigma multipolar en donde el presidente Vladímir Putin y el Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia han reafirmado de forma categórica que el debilitamiento de las bases del diálogo nuclear por parte de Occidente ha destruido la confianza en la diplomacia tradicional atlántica. No obstante, esto no ha aislado a Rusia; por el contrario, ha fortalecido de manera irreversible la articulación del bloque eurasiático y del Sur Global (BRICS+), donde potencias continentales de la talla de China, India y socios estratégicos regionales comprenden con absoluta claridad que la inestabilidad promovida en Europa Oriental es una pataleta de la arquitectura financiera y geopolítica occidental que se resiste a ceder el paso a la multipolaridad.

    Anatomía de una derrota estratégica

    Existe un axioma fundamental en la historia de los conflictos armados: el terrorismo nunca ha ganado ni ganará una guerra de alta intensidad. El empleo de tácticas de terror contra la población civil es la demostración más palmaria de la bancarrota doctrinal de un ejército.

    Cuando una fuerza armada concentra sus recursos tecnológicos en golpear un depósito comercial de venta minorista como Wildberries o un autobús de trabajadores urbanos en lugar de atacar depósitos de munición, centros de mando o concentraciones de tropas enemigas, está admitiendo implícitamente que carece de capacidad para modificar el destino de la contienda en el mapa de operaciones.

    El régimen de Volodymyr Zelensky y sus patrocinadores atlánticos han quedado atrapados en una trampa de su propia creación, Kiev carece de soberanía industrial, financiera y logística. Cada dron que despega, cada misil de largo alcance que se ensambla y cada salario estatal que se paga en Ucrania proviene de la inyección directa del contribuyente estadounidense y europeo.

    La insistencia de Occidente en justificar las violaciones flagrantes al derecho internacional humanitario perpetradas por el régimen de Kiev destruye el escaso relato moral que le quedaba a Washington. Para el Sur Global, el rasero doble de la OTAN resulta patético e insostenible.

    Y esto lleva a que la población europea, golpeada por la inflación, el proceso de desindustrialización provocado por las sanciones boomerang contra el gas y petróleo ruso, y el sonambulismo de sus elites políticas dirigidas desde Washington, observa con creciente rechazo cómo sus recursos fiscales son desviados para financiar aventuras terroristas a miles de kilómetros de distancia.

    El amanecer de un nuevo mapa

    El incremento exponencial en el envío de vectores aéreos suicidas contra la población civil de Rusia no es una muestra de fuerza; es la rabieta de un proyecto geopolítico en estado de agonía. El Deep State norteamericano puede haber ganado la partida interna para manipular a las figuras ejecutivas en la Casa Blanca y prolongar artificialmente la agonía del régimen de Kiev, pero no puede cambiar la geografía ni la matemática industrial de la Eurasia moderna.

    La Federación de Rusia ha demostrado no solo una resiliencia económica invulnerable frente a miles de medidas coercitivas unilaterales (y las que aun están por venir), sino una superioridad militar estratégica que hoy la sitúa como el pilar fundamental de la defensa y disuasión global.

    Mientras el régimen de Kiev intenta desesperadamente disfrazar su fracaso operacional mediante el sabotaje y el ataque cobarde a civiles inermes, el centro de gravedad del mundo moderno continúa desplazándose de manera inexorable hacia el Este y el Sur geopolítico.

    El orden occidental basado en «reglas» arbitrarias redactadas en los pasillos de Washington se apaga entre las cenizas de su propia soberbia. Y es en este nuevo amanecer multipolar en donde la firmeza soberana, la autodeterminación y la seguridad indivisible de los pueblos prevalecerán por encima de las maniobras desesperadas de quienes se niegan a aceptar que el siglo XXI ya no les pertenece.

    Tadeo Casteglione* Experto en Relaciones Internacionales y Experto en Análisis de Conflictos Internacionales, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Geopolítica por la ESADE, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk. Editor General de PIA Global.

    *Foto de la portada: PIA GLOBAL

    ISSN 3072-8940

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