Isabel Vileya /// PALABRA DE NECIO


 El día 3 de Enero de 2026, amanecí en la casa de mi madre, en Sevilla, con la noticia del ataque contra Venezuela aún en curso. Las primeras informaciones, ni siquiera reportaban la sustracción del Presidente de la República Bolivariana, sólo un ataque aéreo con víctimas mortales. Con el correr de las horas, empezamos a componer un escenario en medio del shock del que me cuesta pensar que hayamos salido.


Para sorpresa de algunos, debo reconocer que en las primeras horas del furibundo ataque imperialista y por algunas informaciones que ya manejábamos, presumimos que se había perpetrado una traición contra el pueblo y los principios revolucionarios y que esa traición había comenzado mucho antes del tres de enero.
En unas pocas horas, partí hacia Caracas con la esperanza de que la hasta entonces soberana República Bolivariana de Venezuela, respondería a la agresión y defendería su derecho a la independencia, rechazaría el chantaje y expulsaría al invasor, toda vez que trataría de denunciar internacionalmente tan vil ataque e intromisión.
Eso nunca pasó, durante horas, días y semanas estuvimos alerta y en disposición combativa, mientras el Gobierno encargado fue desarticulando la resistencia primero, y luego coaccionando u hostigando voces disidentes.

Ha habido algunos que nos han acusado de tibieza, o de falta de contundencia, incluso nos han hablado como si fuéramos cortos de entendederas. Parecía que lo evidente lo veía todo el mundo desde fuera y nosotros no. Y nada más allá de la verdad, no es que no lo viéramos, veíamos mucha más profundidad y lo que veíamos era desastroso y calamitoso y nos inducía a pensar en como articular una respuesta sin ser anulados antes.

Las vueltas que ha habido que dar para poder denunciar con pruebas y no con especulaciones, no son por temor, sino por la precaución que se debe tener de no resultar ridiculizados o desarmados nuestros discursos cuando no se tiene un asidero material incontestable.

A medida que el enemigo ha ido ganando posiciones, la necesidad de secreto ha quedado superada.

Puede parecer que más transformaciones se han dado con relativa rapidez, pero hay que entender que el colapso que provocó el shock inicial y la más que probable premeditación calculada, han hecho posible la velocidad de la operación.
Los terremotos recientes, también han contribuido eficazmente a apresurar la estrategia de protectorado y el gobierno encargado, ha dejado de tener que seguir impostando una narrativa revolucionaria para asumir la estética de un gobierno neoliberal cualquiera de la democracia formal burguesa.
El desmonte de ellos, últimos rescoldos de la época Chavista, es ya una realidad asumida por críticos y oficialistas, para unos con dolor y resignación y para otros con alivio.
Se cierra una etapa y la transición pacífica de los claudicantes, no es una cuestión de ahorro de derramamiento de sangre, sino de conservar los privilegios del gobierno, que no del poder, renunciando a un discurso que resultaba incómodo al ocupante, por cuanto de amenaza al poder imperialista supone.

La mediocridad de los personajes que han protagonizado semejante rendición, es solo comparable con la tasa de éxito alcanzado por su estrategia.
Solo analizando las formas y el objetivo, llega uno a entender que se necesita un grado de mezquindad superior y por descontado un techo moral mínimo para prestarse a semejante propósito.
Nadie que no tenga una caradura dudosa, moralmente hablando como revolucionarios, puede prestarse a este pastiche descarado y ordinario de venta de la soberanía por un puñado de privilegios como lucir ropa de alta costura en medio de este “SinDios”. Gente tan ordinaria que por unas cuantas regalías son capaces de este grotesco esperpento, porque cualquiera con un mínimo de dignidad individual, no sale públicamente a mentir descaradamente mientras se da la mano con el sionismo y el imperialismo y le entrega la riqueza del país.

Hay un momento en el que hay que considerar decir basta, y este momento lo es. El gobierno encargado de Venezuela no tiene legitimidad para nada, eso es innegable, lo único que sostiene su interinato es la utilidad que tiene para el imperialismo y eso no va a ser eterno.

La oposición golpista, ahora convocada por el propio gobierno a la democracia, es el contrapeso perfecto. Gracias a su bizarra confrontación histórica, mantenida hasta hoy, es que este gobierno conserva todavía un aspecto de izquierdismo, pero no porque sea mínimamente de izquierda, sino porque la oposición es fascista y violenta y además está cumpliendo con la misión de legitimar el presunto izquierdismo del gobierno entregado.

Tengo claridad en que muchos, sobre todo en Venezuela, van a usar como argumento que yo no soy venezolana y que debo abstenerme de opinar, y la verdad es que los venezolanos decidirán su futuro, pero mientras el internacionalismo consista en estar a lado de cualquier pueblo defendiendo la causa de la libertad y la soberanía de todas las formas necesarias, pienso que es una obligación además, expresar con claridad una cuestión cardinal como esta.

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