La Venezuela que dejó Chávez
Hoy, 7 de octubre, se cumplen 14 años de la última victoria electoral de Hugo Chávez. Aquel día, Chávez obtuvo 8.191.132 votos (55,07%) contra toda la oposición unificada en torno a Henrique Capriles Radonski, una cifra sin precedentes en la historia electoral venezolana, con una participación récord del 80,94% y una abstención de solo 19,06%.
Fue la consagración de lo que el propio Chávez llamó la “batalla perfecta”: un triunfo que, más allá de lo numérico, sintetizó el respaldo popular a un proyecto que transformó profundamente al país entre 1999 y 2012.

Pero en vista al descalabro ocurrido en el país tras la muerte de Hugo Chávez en 2013, y conforme a la tradición de sectores que le hicieron oposición de todo tipo incluyendo golpes de estado, infiltración de paramilitares, guarimbas, sabotajes petroleros y un largo etc., se volvió un lugar común –incluso dentro de sectores del chavismo- no reconocer las visibles transformaciones positivas que vivió Venezuela entre 1999 y 2012. De hecho, existen quienes señalan que la crisis padecida en los últimos años comenzó con sus mandatos. No obstante, los datos cuentan una realidad muy distinta.
Ya hablamos sobre esto en una nota anterior. Pero en vista de que nunca pierde vigencia volvamos a ella.
Veamos. Al cierre de 2012, cuando Chávez obtiene la reelección, el Producto Interno Bruto (PIB) venezolano cerró con un crecimiento del 5,6%. Eso era casi el doble del crecimiento de la economía mundial para la misma fecha (3,2%), de la latinoamericana y la caribeña (3%), ligeramente por encima del promedio de los países en desarrollo (5,1%) y cuatro veces más que la de los países desarrollados (1,4%).
Con ese nivel de crecimiento, el PIB venezolano se situaba –según el Banco Mundial– en 371 mil millones de dólares. Para que nos hagamos una idea, es 3,7 veces más que el PIB al cierre de 2025. Pero también 4 veces más que el de 1998, es decir, antes de la llegada de Chávez a la presidencia.
Es decir, al cierre de su último año de mandato la economía que dejó Chávez era 4 veces más grande a la que encontró cuando asumió el gobierno en febrero de 1999.
Pero la Venezuela de finales de 2012 no era solo una economía en expansión. Se trataba de un país que había transformado sus indicadores sociales de forma radical en 14 años. La pobreza se había reducido del 49,4% en 1999 al 29,5% en 2012. La pobreza extrema cayó del 21,7% al 11,7% en el mismo período. El coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en la distribución del ingreso, pasó de 0,46 en 1999 a 0,39 en 2011, reducción que colocó a Venezuela con la distribución del ingreso más equitativa de América Latina en ese momento y una de las más altas del mundo.
En 1998 Venezuela producía el 51% de los alimentos que consumía. En 2012, esa producción había subido al 71%, mientras que el consumo de alimentos aumentó en un 81%. Esto llevó a que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura FAO reconociera al país por haber cumplido anticipadamente la meta del Objetivo de Desarrollo del Milenio número 1 (ODM-1): reducir a la mitad la proporción de personas que padecen hambre para 2015. Venezuela pasó de una subalimentación de 13.5% a menos de 3% en 2010. En octubre de 2014, la FAO otorgó un segundo reconocimiento a Venezuela por los logros de la "Misión Alimentación" en materia de seguridad alimentaria y nutricional.

En lo referente al tema salarial, además de eliminarse la odiosa discriminación entre “rural” y “urbano” y procurarse la menor discriminación posible entre hombres y mujeres, así como entre trabajadores formales e “informales”, el salario mínimo en Venezuela pasó de 104,65 dólares en 1999 a 476 dólares en 2012, convirtiéndose en el país con los salarios mínimos más altos de América Latina y uno de los más altos entre los países en vías de desarrollo.
En paralelo, el número de pensionados pasó de 387.007 en 1998 a 2.436.306 en 2012: un aumento de más de 6 veces. El grupo que más creció fue el de los adultos mayores. En 1998, 245.000 personas recibían una pensión de vejez. Para 2012, esta cifra se disparó a casi 1,9 millones. Es decir, las pensiones de vejez se multiplicaron por casi 8 en ese período. Como resultado, la cobertura de este beneficio pasó de representar apenas un 16% de la población de 60 años o más en 1998, a cubrir al 53% en 2012. Dichas pensiones –que además cubrían a otros grupos vulnerables como personas con discapacidad y madres en pobreza extrema- equivalían a un ingreso mensual equivalente al salario mínimo.
Uno de los resultados directos de esta política de aumento de los ingresos de las trabajadoras y trabajadores es que el consumo privado per cápita creció de manera acumulada cerca del 50%. En promedio, cada venezolano consumía en 2012 un 50% más que en 1998.
Otro resultado directo fue el incremento vertiginoso de la Formación Bruta en Capital Fijo (FBCF), indicador macroeconómico que mide el valor total de los bienes duraderos adquiridos por las empresas, el gobierno y los hogares para ser utilizados en la producción de otros bienes o servicios durante más de un año. En términos más simples, es la inversión que realiza un país en bienes de capital (maquinaria, equipos, herramientas, vehículos, edificios, infraestructura, etc.) para aumentar su capacidad productiva futura. Es uno de los componentes principales de la Demanda Agregada, junto con el consumo privado, el gasto público y las exportaciones netas. Pero además, un indicador del buen funcionamiento económico, pues no solo da cuenta del crecimiento de la economía sino de la consolidación de expectativas positivas en cuanto a la continuidad de dicho crecimiento, pues se invierte no para vender más sino para para producir más. Entre 1998 y 2012, la FBCF en Venezuela aumentó en 76%.
Contrario a una creencia generalizada entre “expertos” y tertulianos de todo tipo, la inflación en 2012 presentaba mejoras más que significativas con respecto a años anteriores. La tasa de inflación de 2012 (21,1%) fue menos de la mitad del promedio de la década anterior (51,4%): una reducción de más de 30 puntos porcentuales. En 1996, la inflación alcanzó un pico de 103,7%. Para 2012, esta cifra se había reducido en más de 82 puntos porcentuales, situándose en un quinto de aquel valor máximo. En resumen, entre la década de 1990 y 2012, la inflación en Venezuela se redujo de manera sustancial, pasando de un promedio anual superior al 50% a una tasa anual del 21,1%.
De la misma manera, la buena marcha de la economía venezolana y por tanto del país en 2012 no se explica “por el barril del petróleo en 100 dólares”.
Los datos disponibles cuentan una historia muy diferente al relato fabricado. Es cierto que en 2012 el precio promedio de la cesta venezolana fue de 103,42 dólares por barril. Sin embargo, el barril por encima de los 100 dólares en promedio anual fue un fenómeno excepcional. El promedio del precio del petróleo durante todo el período 1999-2012 fue de 55 dólares por barril: la mitad de lo que reza el mito.
La parte que sí es cierta es que el precio del barril del petróleo venezolano fue mucho mayor durante el período que contemplamos con respecto al anterior. Así por ejemplo, a finales de 1998, el barril de petróleo venezolano promediaba los 7 dólares: 8 veces menos al promedio de la era 1999-2012 y 15 veces menos al promedio del año 2012.
Además del aumento de la demanda global –y esto es muy importante- lo que explica este aumento de los precios fueron los cambios profundos en materia de política petrolera impulsados por Hugo Chávez. Así las cosas, durante la última década del siglo XX se privilegió aumentar la producción en detrimento de los precios, lo que explica porque Venezuela llegó a producir 3,4 millones de barriles diarios. En 2012, en cambio, la producción era de 2,36 millones de barriles diarios: ciertamente un 30% menos, pero no por un deterioro de la industria petrolera sino porque se optó por optimizar la comercialización de un recurso natural altamente demandado pero no renovable, esto es, vender menos pero a un mejor precio, algo perfectamente lógico para este tipo de industria.
Pueden citarse muchos otros indicadores que den cuenta del país que teníamos al momento que Chávez obtiene la reelección en 2012.
Para aquel entonces, por ejemplo, la Unesco había declarado a Venezuela territorio libre de analfabetismo. La matrícula en educación básica había aumentado un 130% con respecto a la década anterior, la secundaria casi un 60% y la universitaria en 318%. La estatura de los niños, niñas y adolescente había aumentado. Venezuela ganaba su segunda medalla de oro olímpica tras 44 años de sequía. Y hasta se dio el lujo de organizar una celebrada Copa América de Futbol. El sistema de Orquesta cuadruplicó el número de niñas, niños y adolescentes incluidos.
En conclusión, Venezuela, al 07 de octubre de 2012 -hoy hace 14 años- era un país con crecimiento económico sólido, pobreza en descenso acelerado, desigualdad en franca reducción, analfabetismo erradicado, educación en expansión, seguridad alimentaria en mejora y un Índice de Desarrollo Humano (IDH) en ascenso. El IDH de Venezuela pasó de 0,656 en 2000 a 0,735 en 2011, lo que colocaba al país en el puesto 73 de 187 países, dentro de la categoría de "alto desarrollo humano". Todo lo cual explica -y no el fraude electoral, como algunos todavía deliran- lo masivo del apoyo popular y por ende electoral al proyecto de Hugo Chávez.
Claro que seguramente también es verdad que Venezuela en aquel entonces no era un país perfecto ni exento de problemas y tenía más que una cosa qué corregirle. Pero datos en mano, a todas luces era un país que caminaba en una dirección diametralmente opuesta no solo a la que venía arrastrando en medio del torbellino de empobrecimiento de los 90, sino también a la que tomaría después que la muerte en 2013 de Chávez desatara una insensata lucha por hacerse del poder político que, entre una y otra cosa, se consumió tres cuartas partes de nuestro PIB y buena parte de lo alcanzado durante la primera década de este siglo XX. Después los fabuladores pueden contar muchas historias, pero los datos permanecen para quienes quieran verlos, lo que más allá de ser una herramienta para el recuerdo debe serlo para la convicción de que siempre se pueden hacer las cosas distintas y mejores en provecho de las grandes mayorías.


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