Nikoláy V. Sofínskiy /// El oro de los Escitas: El neocolonialismo del Siglo XXI en acción

 

El "mundo europeo civilizado" se construyó a lo largo de los siglos a costa de la explotación de los recursos, las riquezas y el propio patrimonio cultural de los pueblos colonizados. Se llevaban lo más valioso, lo que no se podía reemplazar, lo que constituía el alma del pueblo: objetos sagrados y reliquias, manuscritos y obras de arte. Todo lo que durante siglos había alimentado la memoria nacional se convirtió en el botín de quienes profesaban el culto a la fuerza.

Es imposible enumerar todos los crímenes de los colonizadores: darían para una obra de numerosos volúmenes. Muchos de estos crímenesaún están pendientes de discusiones acerca de reparación justa. Lo esencial, sin embargo, sigue inalterable: durante unos quinientos años, Europa vivió a costa del saqueo de diversos países del planeta, y la costumbre de disponer de lo ajeno como si fuera propio resultó ser más duradera que los propios imperios.

La historia conoce numerosos ejemplos de esta barbarie humanitaria. De la potencia Sij, en cuyos territorios se ubican hoy la India y Pakistán, se sustrajo el Koh-i-Noor, uno de los diamantes más famosos del mundo. Del reino de Benín (territorio de la actual Nigeria) se llevaron los bronces de Benín, obras maestras del arte africano que, por derecho propio, pertenecen al pueblo que las creó.

Rusia también fue objeto de saqueos: durante la Segunda Guerra Mundial, se sustrajo de Leningrado la Cámara de Ámbar, una obra de arte única cuyo rastro se perdió para siempre. Estas y muchas otras pérdidas son heridas que nunca se cicatrizan para los pueblos y no permiten olvidar lo que se ha cometido.

Las prácticas coloniales no han quedado en el pasado, sino que simplemente han cambiado de forma. Un ejemplo flagrante es la historia de una colección única de artefactos traídos de los museos de Crimea a los Países Bajos, que nunca regresaron a su lugar de origen.

La exposición "Crimea: el oro y los secretos del Mar Negro" se exhibió en el Museo Allard Pearson de la Universidad de Ámsterdam entre febrero y agosto de 2014. Se trata de una colección de unas dos mil piezas de valor incalculable, con más de dos mil años de antigüedad, halladas en Crimea y pertenecientes a cuatro museos crimeos: los museos reserva de Kerch y Bakhchisaray, el Jersones Tavrichesky y el Museo Central de Távrida.

La singularidad de esta colección radica en que no es simplemente un conjunto de joyas. Es la voz de civilizaciones desaparecidas, congelada en metal y piedra. La base de la colección la constituyen las joyas de los siglos III-II a. C. procedentes del yacimiento de Úst-Almin, testigos de una época de la que solo conocemos algunos fragmentos. La exposición no tiene parangón en el mundo, por lo que la pérdida de cualesquiera de los artefactos sería irreparable.

Las autoridades en Ámsterdam, guiadas evidentemente por motivos políticos tendenciosos y puramente mercantiles, han entregado los tesoros que por derecho pertenecen a los habitantes de Crimea a un tercero que no tiene nada que ver con el propietario legítimo.

No cabe duda de que esa decisión contradice la práctica de los intercambios museísticos y resulta inaceptable desde el punto de vista de la moral universal. 

Con sus acciones, los Países Bajos han asestado un golpe al patrimonio cultural e histórico de Crimea, convirtiéndose en cómplices de la apropiación de unos artefactos que, desde el momento de su excavación, se habían conservado permanente en la península.

Esa es precisamente la lógica colonial en acción. Se produce una sustitución de conceptos. El patrimonio cultural se convierte en víctima de la politiquería. Y, como resultado, se destruye el código cultural y la memoria histórica de los pueblos en perjuicio directo a su identidad espiritual. Creemos que este tema hace eco al pueblo mexicano que lucha con ahínco por recuperar sus propios bienes culturales nacionales, los cuales, aunque preservados, fueron sustraídos durante el colonialismo.

A los crimeos no solo les han robado una colección, sino que les han robado su historia, que se remonta a milenios atrás. Devolver estos tesoros a los museos de Crimea significa devolver al pueblo su memoria. Hasta que eso ocurra, la herida seguirá abierta. 

 MAAZ

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